El paradigma de la insostenibilidad

Mucho se ha escrito en esta última década acerca de la responsabilidad social de las organizaciones y del rol de los ciudadanos en una sociedad globalizada. Pero muy poco es lo que se ha dicho acerca del “desarrollo insostenible”, que en verdad es el paradigma que ha caracterizado nuestro comportamiento de los últimos 50 años.

Porque de la misma forma que si en nuestro proceso de toma de decisiones aplicamos la agenda de la sostenibilidad lograremos crear valor sostenible en el tiempo, si vamos en el sentido contrario inexorablemente lo único que haremos será destruir valor y valores.
Pero, ¿de qué más hablamos cuando hacemos referencia al paradigma de la insostenibilidad?

Fundamentalmente, hablamos de “las formas insostenibles de desarrollo humano”, que no son otra cosa más que cortar la rama en la que estamos sentados, quemar las puertas y ventanas de nuestra casa para calentarnos, vivir del capital y no de los intereses, y robarles el futuro a los que están por venir.
Lamentablemente, en la actualidad en muchos países, nos estamos enfrentando con un nuevo problema que son las democracias fallidas: aquellas ejercidas por gobiernos que han resumido las prácticas democráticas al acto eleccionario, corrompiendo a una parte importante de la ciudadanía mediante el clientelismo con el fin de alcanzar los votos necesarios para lograr la reelección indefinida. Pseudo democracias en las que en el ámbito político no se respeta la Constitución, la República, el federalismo ni la autonomía de los tres poderes; en las que los jueces no son independientes sino que responden a los intereses del poder ejecutivo y del partido gobernante, y en las que predomina un avance permanente del gobierno sobre las libertades individuales y un avasallamiento de los derechos de las minorías, que son la base del espíritu democrático. Las mismas que desde una retórica supuestamente progresista utilizan las audiencias públicas y otros instrumentos vinculados con la democracia participativa como meros mecanismos demagógicos, sin incorporar jamás lo vinculante con el resultado de estos procesos, destruyendo de esta forma la confianza que la ciudadanía deposita en sus gobernantes y el capital social.
En lo económico, estas falsas democracias promueven también un sistema pseudo capitalista, en el que los gobiernos intervienen en los mercados alentando el proteccionismo, el control de precios y distorsionando la ley de la oferta y demanda. Que no solo no combaten los monopolios y los oligopolios sino que los propician para que los ganadores sean siempre los empresarios amigos del poder – que son a su vez los principales beneficiarios de los contratos de obra pública, subsidios y subvenciones indiscriminadas, la suba de los aranceles de importación, etcétera, etcétera-. Gobiernos que no paran de imprimir moneda espuria para financiar, entre muchas otras cosas, un gasto público descontrolado y empresas estatales deficitarias que son las principales financiadoras de las cajas para las campañas políticas y la corrupción; que generan despilfarro y altas tasas de inflación que siempre perjudican a los más pobres, pisoteando de esta forma los derechos humanos que son para todos y todas.
Pseudo gobiernos democráticos que no dudan en manipular y falsear las estadísticas para poder mentir a cara descubierta, y que les otorgan al sistema financiero y a los banqueros patentes de corsarios para que puedan enriquecerse a través de la creación instrumentos financieros y la emisión de títulos que después son rescatados con fondos públicos. A los cuáles no les tiembla el pulso cuando tienen que financiar el crecimiento de los dueños de los medios de comunicación amigos del poder, y a hordas de mercenarios del periodismo para que siempre opinen a favor sin importar la realidad que marcan los hechos.
Que no prestan la más mínima atención a los problemas ambientales, excediendo la capacidad de carga de los ecosistemas y dejando que las empresas operen bajo normas y procedimientos que ya fueron prohibidos en otros países, como por ejemplo, los que utilizan algunas empresas de minería en la explotación a cielo abierto. Que impulsan modelos energéticos basados en energías no renovables, sin tener en cuenta la triple cuenta de resultados ni el impacto de la huella ambiental de la producción de bienes y servicios.

En el ámbito social, estos gobiernos promueven asimismo el desmantelamiento del sector porque consideran a las organizaciones que lo conforman como competidoras ya que, a través de un accionar eficiente y eficaz para la solución de los problemas que aquejan a las poblaciones que atienden a diario, éstas les quitan a sus clientes naturales que son los votantes, especialmente a aquellos que están más excluidos del sistema e integran de los grupos de riesgo. Gobiernos que ignoran también la necesidad de propiciar el cuidado, la cultura de paz y la dignidad humana.
En definitiva, gobiernos que no respetan ningún límite y que no dudan en defender los privilegios de unos pocos a costa del bienestar de la sociedad en su conjunto.
Ya nos advertía acerca de estas cuestiones José Ingenieros en su libro El hombre mediocre: “Cada cierto tiempo el equilibrio social se rompe a favor de la mediocridad.  El ambiente se torna refractario a todo afán de perfección, los ideales se debilitan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los gobernantes no crean ese estado de cosas; lo representan. El mediocre ignora el justo medio, nunca hace un juicio sobre si, desconoce la autocrítica, está condenado a permanecer en su módico refugio. El mediocre rechaza el diálogo, no se atreve a confrontar, con el que piensa distinto. Es fundamentalmente inseguro y busca excusas que siempre se apoyan en la descalificación del otro. Carece de coraje para expresar o debatir públicamente sus ideas, propósitos y proyectos. Se comunica mediante el monologo y el aplauso. Esta actitud lo encierra en la convicción de que él posee la verdad, la luz, y su adversario el error, la oscuridad. Los que piensan y actúan así integran una comunidad enferma y más grave aún, la dirigen, o pretenden hacerlo. El mediocre no logra liberarse de sus resentimientos, viejísimo problema que siempre desnaturaliza a la Justicia. No soporta las formas, las confunde con formalidades, por lo cual desconoce la cortesía, que es una forma de respeto por los demás. Se siente libre de culpa y serena su conciencia si disposiciones legales lo liberan de las sanciones por las faltas que cometió. La impunidad lo tranquiliza. Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. Cuando se reemplaza lo cualitativo por lo conveniente, el rebelde es igual al lacayo, porque los valores se acomodan a las circunstancias. Hay más presencias personales que proyectos.

La declinación de la ‘educación’ y su confusión con ‘enseñanza’ permiten una sociedad sin ideales y sin cultura, lo que facilita la existencia de políticos ignorantes y rapaces.”
O, como bien decía Sandor Marai en su libro Tierra, Tierra: parecería ser que ahora les llegó su tiempo a los que no tienen talento.

Las formas insostenibles de desarrollo humano se ponen igualmente de manifiesto cuando no pensamos nunca en las consecuencias de nuestros actos en el de largo plazo y solo tomamos decisiones de corto plazo y en beneficio propio. También, cuando no reconocemos el valor de la diversidad que hay en el otro y en aquello que es diferente, y cuando no respetamos la singularidad, que es el derecho de cada persona a contribuir con su accionar a la fiesta de estar vivo.
En el ejercicio del poder la insostenibilidad se evidencia actuando desde un paradigma de verticalidad, haciendo todo lo posible para evitar la gobernabilidad, cuya base es el codiseño y la cogestión con los diferentes actores sociales que conforman la comunidad (común- unidad), manipulando la ley, ignorando el estado de derecho, la legitimidad y la importancia de la valoración externa. Promoviendo el nepotismo, el acomodo y la corrupción, y fomentando para ello una cultura en la que la ciudadanía no participa ni es activa y que solo ocupa un lugar de espectador pasivo. Impidiendo la transparencia, negando el libre acceso a la información de los actos de gobierno y evadiendo la rendición de cuentas, lo que trae como consecuencia la desigualdad de acceso a las oportunidades, la inequidad, y la exclusión.
Alentando de esta forma el enfrentamiento, la intolerancia y la discriminación, y diciéndole una vez más no al pluralismo y al diálogo, base de la cultura democrática.
Sin embargo, cuando hablamos de todos estos temas no podemos dejar de tener en cuenta la enorme responsabilidad del resto de los actores de la sociedad que son funcionales al modelo, como por ejemplo los políticos de la oposición, que no cumplen ni respetan el mandato para el que fueron elegidos. Aquellos que votan a favor de medidas que claramente están en contra de las convicciones políticas que los llevaron a ocupar una determinada banca en el senado, la cámara de diputados o en la función pública, sin importarles traicionar a sus votantes o demostrar su integridad y respetar su honestidad moral e intelectual. En el mismo estamento pueden ubicarse a los dirigentes de cámaras empresariales y empresarios que siguen enriqueciéndose a costa de corromper al sector público mediante prebendas que consiguen para provecho propio y en detrimento del resto de la sociedad.
Tan fuertemente ha echado sus raíces el paradigma de la insostenibilidad en el plano económico en la cultura actual, que en nuestro país son cada día más los que consideran que los ejecutivos que trabajan en el sector privado, los empresarios y los banqueros argentinos son parte del problema y no de la solución. Para gran parte de la opinión pública, todos ellos conforman una nueva categoría que es el homo economicus, un individuo que solo piensa en lo que le conviene y mide todo en términos de resultados económicos, eficiencia y eficacia para ganar cada día más dinero, sin importar mucho la forma en la que lo logra ni las consecuencias de su accionar en el largo plazo, y muchas veces actuando fuera del marco de la ley con el fin de maximizar sus beneficios.
En cuanto a las empresas, es evidente que los parámetros con los que han sido gestionadas hasta la fecha deben cambiar. De las 100 economías más grandes del mundo 51 son empresas privadas, de ahí su enorme peso e influencia en el contexto mundial y la responsabilidad de contribuir fuertemente a la creación de capital social más allá de la creación de valor económico que es su principal foco de acción. Mucho se ha hablado en estos últimos 20 años acerca de la responsabilidad social empresaria y mucho es también lo que se ha logrado en esta materia, sin embargo, quedan todavía varias asignaturas pendientes por resolver.
Es verdad que todos somos responsables de lo que nos pasa como sociedad, especialmente aquellos que con su voto convalidan el accionar de los gobernantes que se encuentran hoy en el ejercicio del poder. Pero también es cierto que de acuerdo con nuestro grado de acceso histórico a las oportunidades y a los privilegios, algunos somos más responsables que otros.

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